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Barry Lyndon : ascenso, infortunios y caída

Barry Lyndon, película que Stanley Kubrick filmara en 1975, es una adaptación de la novela “Memorias y aventuras de Barry Lyndon” [The Luck Of Barry Lyndon] (1856), de William Makepeace Thackeray. Este mismo autor había escrito la famosa “La feria de las vanidades” [Vanity Fair], que Kubrick habría querido llevar al cine, propósito al que habría renunciado tras considerar que ya había sido adaptada a la pantalla en varias oportunidades. Vale agregar también que, al momento de emprender este proyecto, el directo neoyorkino había renunciado a filmar la que habría de ser sur obra máxima: una película sobre la vida de su admirado Napoleón Bonaparte. Stanley Kubrick, como el Emperador, tenía la costumbre de hacer planes a lo grande, y de asegurarse de que todos los detalles para su concreción fueran conocidos y considerados. En este caso, la inmensa tarea de investigación que había emprendido, quedó trunca. Pero nos dio este gran film que aquí reseñamos.


La película de la que tratamos narra el ascenso y la caída de Barry Lyndon, un irlandés de origen humilde que, siguiendo circunstancias más o menos fortuitas (infortunios, desengaños varios), y a través de la guerra, busca hacerse un lugar en la alta sociedad de la época (comienzos des siglo XIX). Beneficio que, de forma anunciada, no le será dado conservar con facilidad. La obra está estructurada en dos partes separadas por un intermezzo, cada una de las cuales comienza con un cartel, al estilo de las películas mudas, muy elocuente respecto de lo que adviendra a nuestro protagonista.


Tal trayectoria de Barry: ascenso y caída, muestra un desarrollo clásico de personajes de ficción. Casi desde el comienzo, cuando Redmond Barry (tal es su nombre dado) deja su pueblo y su tierra para adentrarse en la aventura y en lo desconocido, se relata su partida mediante planos de la apacible campiña irlandesa, con un telúrico optimismo. Sin embargo, poco después sufrirá el primer revés, al ser asaltado y deber entregar todas sus posesiones: incluso su caballo. Teniendo en cuenta las penurias que le esperan a cada paso, Barry va dejado de lado lo que le queda de cándido y naïf, para convertirse en un advenedizo: para transformarse en Barry Lyndon. Un tratamiento del desarrollo del guión, de la narración, en base a un esquema clásico de ascenso y caída, que de la mano de Kubrick logra un film magnífico, captando en este esquema la sensibilidad y la ridiculez que caracteriza al espíritu de los hombres. Sumado al aparato de dirección que desplegó el director, y que va desde la investigación, las desiciones de realización técnicas y estéticas, visibles también en cada plano, tanto como de las decisiones sobre la manera de narrar el conjunto.


Para la adaptación, Kubrick cambió la primera persona de la novela por un narrador en off que relata en tercera persona lo que le ocurre a nuestro protagonista, que es más bien un anti-héroe. Y ello en razón de las decisiones alejadas de la moralidad y la ética que caracterizan a un personaje heroico. Este narrador del film, omnisciente y extradiegético (es decir externo a la diégesis: a la historia que se relata), se dirige al espectador de ese gran tableau vivant que es la obra de Kubrick con un tono irónico. Del mismo modo del que se compadece, incluso, de las desgracias acaecidas a los personajes, las cuales además anticipa al espectador. Cuando el narrador dice de Barry: “Estaba escrito que no dejaría tras de sí a nadie de su sangre y que acabaría su vida pobre, solo y sin hijos”, la sentencia adquiere tono dramático y providencial, sin misericordia. Como una premonición de lo que está por venir. Kubrick expresa de este modo una visión del mundo bastante pesimista, en cuanto a la materia de la que está hecha el hombre y a su avenir.


Esta manera de narrar la historia, con la que vamos siguiendo a Barry Lyndon, nos distancia y a la vez nos acerca a su protagonista: su infantilismo inicial y su flaqueza posterior, encarnadas por un actor que atraviesan su destino sin perder del todo una cierta ternura, visible en aquella mirada desprovista de emociones que lo caracteriza, permite que vivamos de algún modo sus sentimientos. En este punto, y en comparación con el libro en el que se basa, el film de Kubrick desarrolló a un Barry más humano, en lugar de un truhán completo como lo es en el relato literario. Así, la identificación es también más efectiva.


Si bien aquí me interesaba hacer el punto sobre esta manera de trabajar un personaje, no se puede dejare de notar, una vez más, el increíble trabajo sobre la iluminación que se llevó a cabo en esta obra. Se emplearon para ello objetivos de la NASA, para contar con mayor sensibilidad a la luz y tratar de trabajar casi completamente con iluminación natural y de velas. Específicamente, el director utilizó un objetivo Carl Zeiss capaz de alcanzar una gran apertura del diafragma, que acopló a la cámara Mitchell, con la que había rodado La naranja mecánica. Un trabajo que le valió uno de los cuatro premios Oscar que recibió el film. Y una de las maneras en las que logró la notable composición pictórica de sus planos, otro gran aspecto de Barry Lyndon, a cargo de su director de fotografía, John Alcott.


Barry Lyndon no fue bien acogida por la crítica ni por el público, quizás en cierta conexión con el fracaso del film Waterloo, ocurrido poco antes. El film fue rescatado luego junto con la aparición del DVD.

Por último, quisiera mencionar la música del film, la monumental Sarabande, repleta de crudeza y sobriedad, de ritmo casi militar, escrita por George Frideric Handel (o Georg Friedrich Händel), de la Suite para Clavicordio No. 4 en d minor, HWV 437, arreglada para orquesta, que Kubrick utiliza a modo de leitmotiv. Difícil sacársela de la cabeza rápido después de ver esta gran película.


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